San José… ¡Mejor de larguito!

Edgar Espinoza Graduado en Ciencias de la Comunicación Colectiva por la Universidad de Costa Rica, obtuvo un postgrado en Periodismo y Comunicación por la Universidad de Florida en Gainesville, Estados Unidos.

Estoy en un aprieto. Tras haberles hablado bellezas de Costa Rica, unos amigos míos de Austria, país casi perfecto, vendrán pronto a visitarla y no sé ahora dónde meterme.

Sin imaginar que me irían a tomar la palabra, entre vino y vino les rajé hace poco allá en Viena que no solo somos pura vida sino los más felices del mundo, los “supertuanis” del orbe y, además, los del país donde los escándalos no duran más de tres días. (Sin mencionarles, por supuesto, el de la “platina” que lleva ya cuatro años).

Y como me pidieron el favor de que les sirviera de guía durante semana y media, estoy ahora aquí haciendo prodigios con el itinerario a ver cómo diantre salgo del apuro y les demuestro que lo que les dije de Costa Rica es cierto de “Pe” a “Pa”, o sea, de Peñas Blancas a Paso Canoas, pues lo que menos quisiera es decepcionarlos y hasta espantarlos.

Mi gran horror, en realidad, es San José. Me daría una enorme pena tener que pasearlos una y otra vez por una capital sucia, maloliente, abigarrada, colapsada y decadente con presas hasta de dos horas entre Santa Ana y Tres Ríos o entre La Sabana y Heredia. ¡Y en diciembre!

Y aún más congoja me da saber que en el último ranking de la firma Mercer, Viena fue calificada la capital número 1 del mundo en calidad de vida, con esos tranvías, metros, trenes, buses y aviones que a diario la recorren desde y hacia el interior del país y Europa haciendo gala de un servicio de transporte público exuberante.

No sé entonces qué les voy a decir a ellos cuando, a su paso por San José, vean que las aceras no existen del todo mientras las suyas son tan anchas como las calles mismas; que nuestros parques o plazoletas son lápidas de cemento chorreado mientras los suyos son pulmones verdes, extensos y emblemáticos, y que nuestros ríos se ahogan en una mortandad infinita de desechos mientras su Danubio fluye impecable entre jardines con familias almorzando o jugando en sus riberas.

Tampoco sabré qué decirles cuando vean la basura acumulada en nuestras calles, las urbanizaciones sin parques, los buses dentro del corazón capitalino, los semáforos en su manicomio, las ventas ambulantes, la jungla de rejas, los furgones doblando en escuadra en los barrios diminutos y la inseguridad rampante que me impide llevarlos a ciertos lugares mientras en Viena una mujer puede caminar a cualquier hora de la noche sin temor.

Quizá me pregunten si tenemos alcalde y yo les diga que sí pero que ahora aspira a gobernar a todo el país… Si no pudo con San José ¿podrá con el país entero?

Y no es que Austria sea necesariamente un país fuera de este mundo como quizá Mozart y Strauss lo soñaron alguna vez. Lo que lo diferencia del nuestro es simplemente el hecho de ser normal, entendiendo por normal que haya aceras, transporte público fluido, puntual y moderno; ríos cristalinos, puentes del ancho de las carreteras, seguridad, sitios de recreación… Que haya respeto por el ciudadano. Que haya liderazgo y autoridad. ¿Por qué no podemos ser normales?

De modo que con mis amigos tengo dos opciones: confesarles la verdad y pedirles disimular nuestra gran calamidad parroquiana, o trasladarlos del aeropuerto directamente a la playa o la montaña para que, entre ceviches, chifrijo y aguilitas, puedan disfrutar a sus anchas de la riqueza natural que nos distingue.

¿Cuándo por fin podremos tener nuestra “casa” barridita, presentable y digna de propios y extraños?

ed@columnistaedgarespinoza.com

fuente:crhoy.com

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